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lunes, 19 de agosto de 2013

Recuerdos en Blanco y Negro (actus primus)

 
"No, no y no. Así están las cosas. Me acercaba de repente a mi casa, allá en los montes pélvicos del placer tórrido, cuando se me abalanzó una pantera al cuello. ¡Por Dios, que si no llega a ser por mis hercúleos músculos, a estas horas estaría criando ladillas en algún hospital de campaña francés!"
 
Memorias de un Schauferman adolescente.
 
 
Hoy, mientras me debatía entre comprar un celentéreo o un cefalópodo, en una tienda de mascotas, cuyo nombre no puedo ni siquiera intentar pronunciar, se me acercó un viejo amigo de la familia por parte materna que invitándome a un refrigerio me refirío la siguiente miscelania...
 
 
Y así era en el principio.
Mi infancia, a diferencia de la del malogrado Lorca, no son recuerdos de un patio de Sevilla, sino una estancia que olía a limpio y café de pota, por la que entraba una brillante luz que desconchaba el barniz de la mecedora y las contra de madera de la ventana, y que se abría como el final de un túnel, en un pequeño hogar, sobre la librería de Carmiña y Ricardo, y bajo la Casa de Nieves y Sara, con aquellas escaleras ajadas de pasos, que reposaba sobre la noble calle, que llamaban de “La Cárcel” (Benito Vicetto), frente a la casa de Josefa y la zapatería donde Julito (así lo recuerdo, la imagen de aquel hombretón con alma de niño), a un portal del estanco y los estanqueros, y su sobrino que heredó la noble profesión de kiosquero en la calle de La Coruña frente el Cristo Rey (mejor llamada de “los juzgados”), pegada a la confitería de Diego, que se enfrentaba a la relojería, donde decían vivía Pepe, el cojo, apoyándose más abajo en la ferretería “La Campana” y Maristani.
Por la otra banda, la casa de Rita y Blas, el fotógrafo, el bar de “Antolín”, la consulta de Lema, el practicante, que encaraba con la carnicería y ésta con Pan Piana, de Luisa, que se perdía por la de Curuxeiras….
Después la escalinata de baldosa añeja que descendía hasta el mar, la lancha de Mugardos, la punta del Martillo donde se mecía el Azor, y después el mar, que se me antojaba el más limpio y azul.
Todavía puedo escuchar, si aprieto francamente los ojos, y apresto los oídos, el fino troquelar de la fábrica de lápices, el chocar de culatas contra el suelo del Cuartel, el crepitar de la masa del churro en el aceite hirviendo en la plaza Vieja, el ronroneo simulado de los “chinos” en el Parapar. Todavía, puedo oler el aroma de mar, brea y aceite de los barcos en el pantalán, y el hidráulico de la fábrica de hielo cerrada.  Puedo todavía sentir el olor a herrumbre de la chatarrera… mientras las gaviotas, que tenían y tienen esos fieros ojos azules, graznaban chillonas siguiendo la estela de los pequeños barcos de pesca.
Todavía, soy quien de oír, el restañar de tazas de vino y cerveza donde el Portuarios, y el redoblar de las campanas de la Iglesia del Socorro, donde don Alfonso preparaba su homilía del domingo.
Ese era el muelle. El muelle de las ranitas, los quintos y la Parrocheira, donde paseaba el señorío de alzada cabeza y humilde cuna y condición, trabajador, ilustrado, generoso y honrado.
A los diecinueve días del mes de agosto de los corrientes.
 
Luego, inmisericorde, marchó el muy cabrón, dejándome tan vehemente recuerdo entre pecho y espalda.
 
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Historias de un sombrero by Ricardo Shauferman is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported License.