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sábado, 11 de octubre de 2014

La Caja de Quebrantos.


Malala Yousafzai
Algo positivo ha habido esta semana. El más prestigioso premio, que celebra la paz por encima de cualquier otra cosa, incluso del dinero, ha recaído sobre la superviviente pakistaní Malala Yousafzai y el activista hindú (que lo de indio me suena a nativo americano) Kailash Satyarthi. Y, si tuviera que remover en los fangos de la miseria humana, para encontrar otro "algo" positivo, sería dentro de toda la negatividad del Ebola, de la tarjetas negras, el terrorismo del mal denominado Estado Islámico, y un largo y fatídico etcétera, sería dentro de toda esa polaridad negativa haber visto con estos ojitos color miel cómo de ruin y necia es la naturaleza humana, y cuán idiotas podemos llegar a ser los españoles... y aprender a no querer volver a ser idiota.

Debería ser un cabrón, y dejar ahí, en el aire, en suspenso y con dos cojones, ese párrafo para discernimiento, reflexión o mofa de quien lo fuera o fuese a leer, pero como tengo tiempo, y el tiempo hoy es meridianamente irregular, alternando nubes y claros, procederé a finalizar esta sarta de ideas, que incluso a mí, se me antojan terribles.

A estas alturas de la vida, nadie, ni siquiera mi yorkie de once meses, se sorprende al leer (si supiera) en un diario cualquier tropelía. Así pues, que a Tomás López, Hacienda (que somos todos, los pobres) le tenga retenido los dineros, no nos parece nada del otro mundo. Si les dijera que Tomás López tenía un hijo que falleció en el tren fatídico de la fiesta grande de Galicia, en la heroica Angrois, seguro que mostrarían algo más de atención. Y si, por último, les dijera que lo que le retiene hacienda (que somos todos, los pobres) es el dinero de la indemnización por el fallecimiento de su hijo, cuando menos arquearían una ceja... Se ha hablado que los funcionarios ven el asunto fríamente en la distancia, aunque yo, que soy de provincias, me niego a creer que todos esos funcionarios de nuestra casta Hacienda, hagan oídos sordos y mantengan una venda en sus ojos ante esta felonía, más allá de las habidas razones fiscales para retener esos "cuartos", puesto que en sí, lo que hoy importaría sería el simbolismo de la palabra hecha verbo, la humanización de la burocrática hacienda hacia la meta del entendimiento.

Angrois

Porque hoy en día todo se decide a cara o cruz, donde la cara, siempre sonriente se la quedan los de siempre, esos tipos y tipas más o menos bien vestidas, con supuestos estudios y carreras supuestamente opíparas, que como aquellos primeros domingueros en el pinar de la playa, se supieron repartir el pastel de las Españas, en bancos, bancas, cajas y arcas, donde las pesetas, después los euros, corrieron a raudales por sus villanos bolsillos, en forma de abrigo de pieles, de plástico tarjetero, platino, oro y todos los gases nobles. Gases que producían, sin duda, las largas y copiosas comidas de miles de euros en restaurantes de postín. Mientras los menos avispados, a los cuales denominaremos honrados, poco afortunados e incluso desgraciados, se reparten moscas y bofetadas en la cocina económica de sus respectivas ciudades... o sea, la cruz.

Señores riéndose que trabajaban en Caja Madrid y Bankia
Simbolismo. ¡Simbolismo! No es hoy un movimiento cultural ni una corriente de pensamiento, es esperanza. Es esa luz al final del túnel que nos haga pensar que existe justicia, que existe equilibrio, que existe bondad, que existe humanidad.

El simbolismo de la justicia, mandando a la cárcel a todos los sinvergüenzas de Caja Madrid y BANKIA que usaron las negras tarjetas negras, gastando cantidades ingentes de dinero, mientras en España comenzaba la "desaceleración", el hambre y las vergüenzas, y las familias sin hogar, y promovían la austeridad de sueldos, los recortes de empleos y ayudas, y la negación de créditos.

El simbolismo de la responsabilidad, inclinando la cabeza, hincando la rodilla y entonando un "mea culpa" sincero, de aquellos "gabiniteros de crisis" que han elaborado mal un protocolo sobre el tratamiento del ébola, y lo han ejecutado con el culo.

El simbolismo de la prudencia, de aquellos que se rasgaron las vestiduras a favor de la doctrina Parot, cuando a día de hoy ya se han vuelto a meter entre rejas a dos violadores por volver a cometer tales actos nuevamente.


El simbolismo de la vergüenza, de aquellos que se concentran pidiendo dimisiones por los derechos de los animales, y olvidan que en la cama de un hospital, cada día muere una persona, que en el África negra mueren a razón de minuto un niño de sed y enfermedades, que en nuestro primer puto mundo, se curan con una aspirina, un caldo y una bolsa de agua caliente. Porque, señores, los derechos de los animales pasan por las obligaciones de los humanos, y eso, eso sí es manifestable, dimisionario y toda concentración que ustedes quieran.... Obligación hacia el medio ambiente, hacia el trato a los animales, y bla, bla, bla. 

El simbolismo de la disciplina, que es lo que nos hace falta a los españoles. Disciplina y trabajo, coherencia y principios, que nazcan de la razón y el diálogo, de la cultura y la igualdad.

Principio de dignidad donde todos los hombres merecemos lo mismo por ser hombres, no porque otros crean que lo merecemos. 

Principio de igualdad porque todos los hombres somos iguales ante la ley de los hombres, que dicta el hombre para el hombre, contando con el hombre.

Principio de vida, donde todos tenemos el derecho a vivir y morir con dignidad y honorabilidad.

Principios inalienables, intransferibles, invendibles. 

Necesitamos ese simbolismo. Un simbolismo que rompa con todas las barreras que desunen. Ese simbolismo que tome con firmeza la caja de los quebrantos, ese maldito muro de la vergüenza y lo pulverice, que barra la corrupción, la violencia, la esclavitud, en fin, que borre lo que creado miserablemente por el hombre, lo convierte en bestia.

Quebrantos






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Historias de un sombrero by Ricardo Shauferman is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported License.